Descubrir la literatura antes de dejar el pañal

Igual que a comer o a hablar, lo más pequeños aprenden a relacionarse con los libros mirando a sus mayores. Mamás, papás y adultos a cargo en general tienen la enorme misión de hacer posible ese vínculo entre bebés/niños y literatura, un encuentro que no se concreta sin la intervención de un mediador y que no se fortalece sin su constancia. Para que la magia se produzca, hay que preparar los ingredientes del hechizo.

Entidades como la Asociación Nacional de Educación de los Estados Unidos (National Education Association, NEA) remarcan que es necesario que los más chiquitos vean a sus padres o adultos referentes leer en lo cotidiano. Y sugieren que el acto de lectura sea siempre un momento especial. Recomiendan, como mínimo, 20 minutos diarios de lectura compartida con los chicos e instarlos a que, cuando tengan edad suficiente para hacerlo, sean ellos quienes elijan qué leer.

La importancia del fomento de la lectura desde la cuna no es algo novedoso. Ya en 1978 los psicólogos especialistas en aprendizaje Jerome Bruner y Anat Ninio publicaban un estudio –que se convertiría en un clásico- que revelaba que a partir de los ocho meses los bebés comienzan a interactuar con los adultos en relación a los elementos del entorno. A ‘comentar’, a su modo, lo que los rodea, a partir del desarrollo de la capacidad de atención compartida. Para estimular eso, la lectura como actividad del bebé con sus adultos de referencia puede comenzar incluso antes, desde los primeros días o semanas de vida.

No se trata de un hallazgo novedoso pero sí resulta necesario reforzarlo en tiempos de proliferación de pantallas y hábitos revolucionados. Y esas pantallas, de hecho, pueden integrarse a los momentos de lectura desde múltiples propuestas especialmente dedicadas a la literatura infantil, siempre tratando de que los dispositivos tecnológicos no reemplacen por completo a las obras en papel. Que la literatura no falte en casa, en todos sus formatos posibles.

Dar lugar al vínculo bebé-literatura pone en marcha lo que algunos investigadores llaman el ‘círculo virtuoso de la lectura’. Quienes leen mucho y desde pequeños desarrollan habilidades cognitivas que los llevan a leer cada vez más, y viceversa. Estas fueron algunas de las conclusiones de las especialistas Anne Cunningham, de la Universidad de Berkeley (Estados Unidos), y Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto (Canadá), planteadas en un estudio publicado en 2017.

Dos años antes, científicos del Centro Médico del Hospital de Niños de Cincinnati, Estados Unidos, habían hallado evidencias –mediante estudios de resonancia magnética- de una actividad cerebral diferente al escuchar cuentos por parte de niños de entre tres y cinco años a quienes sus padres tenían el hábito de leerles desde muy pequeños.

Los investigadores remarcaban por entonces la importancia de las áreas del cerebro que proyectan las imágenes mentales, porque “ayudan al niño a ‘ver la historia’; a través de imágenes, afirmando el invaluable papel de la imaginación”;. Cuanto mayor era el nivel de lectura de parte de los adultos hacia los niños, más actividad detectaban en los lóbulos parietales del cerebro, relacionados con el lenguaje y la comprensión. Las pruebas estaban a la vista: el cerebro funcionaba más y mejor gracias a la lectura.

Libros y literatura desde siempre, para entender mejor. Y para generar el deseo de querer, a su vez, leer cada vez más. Tal la magia generada en torno al universo literario infantil.

No sólo información: también emoción

“Un niño que no lee tiene anemia emocional”. Así definió Begoña Ibarrola, una de las autoras de cuentos infantiles más leídas de España, la importancia de la literatura infantil en el desarrollo emocional de los más pequeños. Y resaltó –en diálogo con el periódico ABC- que “los cuentos favorecen el autoconocimiento y la conciencia emocional, mostrándonos quiénes somos y, lo que es más importante, quienes podemos llegar a ser”.

En los últimos años, una obra se convirtió en emblema del abordaje de las emociones desde la literatura infantil: El monstruo de colores, de Anna Llenas. El protagonista es un personaje que ayuda a explicar las emociones a los más pequeños, usando los distintos colores para identificar los diferentes estados de ánimo. Según datos de la editorial, Flamboyant, ya se publicó en 25 idiomas y vendió más de un millón y medio de ejemplares en todo el mundo.

Se recomiendan, como mínimo, 20 minutos diarios de lectura compartida con los chicos e instarlos a que sean ellos quienes elijan qué leer.